Seguridad alimentaria = seguridad social y paz

Lo que ahora está en juego es más que la sobrevivencia de aves en peligro de extinción; es la sobrevivencia misma de la esencia de los panameños

Nixa Gnaegi de Ríos
nixa@oteima.ac.pa

Qué valor le están dando los negociadores del TLC con Estados Unidos (EU) al impacto que éste tendrá para nuestro país en el aspecto más relevante de todos: la seguridad social y la paz para Panamá?

Algunos renombrados economistas y miembros del equipo negociador señalan que Estados Unidos jamás dejará de subsidiar a sus productores porque ese tema forma parte de la esencia misma de su pueblo, y que jamás pondrán en el juego la seguridad alimentaria de su gente. ¿Por qué ellos sí y nosotros no?

Roberto Alfaro Estripeaut, en su artículo “El largo proceso de negociación”, publicado en El Panamá América el domingo 11 de julio señala: “La única fórmula para balancear la descabellada desventaja comercial es que dicho país nos abra su mercado en la misma medida en que nosotros ya lo hemos hecho”. Sr. Embajador: ese no es el meollo. ¡Logre usted que los estadounidenses desmonten sus multimillonarios subsidios directos al sector agrícola; entonces podremos pensar en una competencia equitativa!

Conocido de todos es que estamos a merced de EU en lo que respecta a desarrollo científico y tecnológico; productos que tenemos que pagarle a los precios que nos pida. ¿Por qué tenemos ahora que entregarle nuestro pequeño mercado interno, con los pocos productos en que somos competitivos y autosuficientes, rubros que el sector agropecuario está solicitando sean excluidos del TLC como lo son el arroz, la carne, la leche, los pollos, y otros?

Además, ¿cuál es el apuro de negociar en este preciso momento un TLC con el contrincante más poderoso del mundo?

Los que manejan las cifras económicas del país nos recalcan que el sector primario e industrial solo aporta el 20% del PIB y que el 80% restante proviene del área de servicios. Sabemos, no obstante, que de ese 20% derivan los ingresos de casi el 40% de nuestra población. Hasta ahora esa proporción ha sostenido a un gran número de personas en áreas rurales, quienes, aunque con limitaciones, llevan el sustento diario a sus hogares.

¿Por qué querer cambiar esta ecuación por otra que aparentemente favorecerá aún más al sector servicios? Las cifras antes mencionadas nos indican que con o sin TLC el sector terciario crece. ¿Por qué entonces firmar un tratado para entregar a EU el sector que más oportunidades de trabajo brinda a los inempleables?

Inempleables es el término que ahora los entendidos en economía utilizan para catalogar a nuestros compatriotas desempleados: colonenses, bocatoreños, interioranos, indígenas, quienes desesperados en su ignorancia y miseria no tienen más opción que acudir a los centros donde opera ese sector terciario o de servicios a pedir limosna, o a robar, como ya lo estamos viendo en las principales urbes del país.

Imagínense lo que nos espera si no logramos salvar las fuentes de empleo que ahora genera el sector agropecuario. ¿El área del Canal con su expansión y puertos proveerá para todos? ¿Estamos preparados para recibir la bomba migratoria -con todas sus secuelas de delincuencia, violencia y complicaciones urbanas- que con toda seguridad nos traerá el abrir nuestras fronteras a los productos agrícolas subsidiados?

Este es un tema lo suficientemente importante como para recurrir (como lo solicitan) al ingenio y la creatividad que nos caracteriza, adicionando “una canasta más” a las negociaciones del TLC.

Por qué no integrar al equipo de negociadores a un gran panameño, conocedor y defensor de esta “canasta”, para que no solo nos defienda desde el punto de vista económico, sino desde una visión humanista. Me refiero a monseñor Rómulo Emiliani, que nos está alertando sobre lo que nos va a suceder, si no somos capaces de mejorar los índices de pobreza y generar con celeridad alternativas de trabajo digno, especialmente para los jóvenes marginados.

Con la firma del TLC con EU estamos comprometiendo la tranquilidad, la paz, y la seguridad económica y social de Panamá. Exijamos al gobierno que el equipo negociador incluya a hombres que sean capaces de convencer a los expertos negociadores del Norte, del infame sacrificio que nos están imponiendo. Los panameños no vamos a entregarles el sector donde se generan empleos que puede desempeñar nuestra población rural marginada, que por su baja escolaridad, abandono gubernamental crónico, por la falta de políticas desarrollistas de los gobiernos de turno, no tiene ninguna posibilidad de beneficiarse a corto o mediano plazo de los supuestos empleos que pudiese generar el sector terciario.

Todos sabemos que los estadounidenses van a defender sus posiciones, aunque eso signifique más pobreza para nuestro país. Recordemos que los Estados no tienen amigos, solo intereses. Nos compete a nosotros, como ciudadanos de este país, manifestarnos masivamente en contra de la ratificación del tratado, en este momento, y bajo las actuales condiciones en las que muchos sectores, igual que el agropecuario, se sienten amenazados y desprotegidos.

Los gobiernos democráticos deben actuar conforme el sentir de la mayoría de los ciudadanos. Unámonos para que nuestro clamor por salvarnos de los devastadores efectos del TLC con EU llegue a todos los rincones de nuestro país. Participemos pacíficamente en manifestaciones, foros, charlas y otras actividades tendientes a convertir este tema, en un tema de actualidad nacional que se trate en todos los círculos: la familia, la escuela, la comunidad, los clubes cívicos, las universidades, los gremios, en fin, toda la sociedad civil, tal y como lo hicieron los ambientalistas que contra todos los pronósticos lograron salvar el santuario de vida Los Quetzales.

Lo que ahora está en juego es más que la sobrevivencia de aves en peligro de extinción; es la sobrevivencia misma de la esencia de los panameños.

Nuestra opción por ser un país soberano en todos los aspectos, especialmente en ser capaces de producir el arroz, los frijoles y la carne, elementos básicos de la dieta de nuestro pueblo.

La autora es directora del Instituto de Enseñanza Superior Oteima